En otra vida, en otro mundo.

No he podido evitar darle rienda suelta a mi cabeza e imaginarme cómo hubiera sido mi boda en otra vida, en otro mundo, más allá del Atlántico. Comenzamos.

Me compraría un traje ya confeccionado, lánguido, ligero y sencillo, de tirantes finos y no especialmente ajustado, como si fuera un vestido cómodo y largo de verano.

No renunciaría al velo, y me decantaría por uno corto de encaje, uno enganchado sin adornos ni broches justo donde alcanzo mi máxima estatura, y dejaría mi melena kilométrica suelta al viento, para que se despeinase.

Durante la ceremonia, me encantaría recitar mis votos, para poder explicarme sin censura de forma resumida y de corazón lo que verdaderamente siento por esa persona, y morirme de emoción al escuchar los que se hubieran escrito con todo el cariño para mí. Y lloraría, seguro, aún a riesgo de que ello estropease el maquillaje.

Lanzaría mi ramo, ¿por qué no?, me resultaría imposible escoger entre mis hermanas o mis amigas del alma. A todas ellas, las torturaría como buenas damas de honor con trajes cortos de color rosa palo, y no les dejaría elegir ni los zapatos.

En cuanto a los invitados, solo unos pocos, para que acabara siendo una gran cena de amigos, con una mesa corrida al aire libre y sin protocolo de mesas. De fondo, canciones de Norah Jones.

Me dejaría la piel, y todo mi presupuesto, en los detalles y no contrataría a nadie para ayudarme, para que fuera personal, más aún.

Un rincón lo llenaría hasta el conglomerado de fotos nuestras, para mostrar de forma gráfica la historia de una vida, y entregaría llaves con mensajes personalizados a cada uno de nuestros invitados, porque siempre me ha encantado lo que una llave, por sí misma, significa. Nunca es tarde si la dicha es buena.

En otra vida, en otro mundo.
(Fotografías: Style me Pretty, Ruffled y Elizabeth Anne Designs)