La boda de Águeda y Curro

Adoro a Águeda, ella lo sabe. Es una de esas personas diferentes, no encuentras a otra igual. Su boda fue exactamente como es ella, auténtica.

Águeda y Curro se conocieron un día lluvioso en Guadalajara, en una montería de unas primas que tienen en común. Cinco años y medio después, se dijeron “sí, quiero” en Gijón, envueltos por la misma lluvia con la que se habían conocido.

El 2 de octubre de 2011, y en coche con Curro camino de Madrid volviendo de una boda, Curro hizo alarde de la espontaneidad que le caracteriza: “Bueno, tú y yo, ¿cuándo?”

El pasado 16 de junio llegó muy rápido y sino, que se lo digan a Gabriela, la sufrida hermana de la novia que, sin rechistar y encantada de la vida, se encargó de atar todos los detalles de la boda de su hermana del alma.

A Águeda le peinó Ana, la encargada de la Peluquería Juan Carlos de Gijón. Le hizo un maravilloso y trabajadísimo recogido que iba adornado por pequeños corazones forrados de crepe de seda blanco.

Ya en casa, Águeda se enfundó una maravillosa bata de La Costa del Algodón, regalo de nuestra amiga Carla Rojo Casado, lista y preparada para que la maquillara Laura Gimeno, compañera de Águeda y directora de la tienda de Ágatha Ruiz de la Prada en Barcelona. No había ni nervios ni estrés, sólo ganas de que empezara el jaleo.

De esas primeras fotografías y de todas las posteriores del gran día, se encargó Mercedes Blanco, familiar de la novia y miembro de la WPJA, Asociación de Fotoperiodistas de Boda.

Como ya os habíais imaginado, Águeda trabaja en Ágatha Ruiz de la Prada como responsable del departamento de comunicación, y tuvo la suerte de ver todo el proceso de confeccción de su vestido de novia, para el cual se utilizaron 15 metros de crepe de seda y 3000 “gallos”. El cancán del vestido era de color fucsia y podía verse cada vez que Águeda se agarraba la cola. Fue un toque muy original. Además, la misma Ágatha Ruiz de la Prada acompañó a Águeda en todos los festejos del fin de semana, se veía a la legua la complicidad de la novia con su jefa.

El ramo lo diseñó Águeda, era un bouquet de paniculata con corazones en crepe de seda, iguales (aunque más grandes) que los del recogido. Me hizo muchísima ilusión que me regalara una parte del mismo. “Tú eres la siguiente”, me susurró Águeda al oído.

La misa se celebró en la Iglesia de San Julián de Somió, Gijón. Águeda entró del brazo de su padre y precedida por un cortejo de 4 primos vestidos con el traje regional asturiano. La ceremonia fue oficiada por el tío de la novia, Kike Figaredo, Prefecto Apostólico de Battambang, conocido como el Obispo de las sillas de ruedas por su labor humanitaria en Camboya.

La misa fue muy emotiva, tuve el honor de actuar como testigo y la suerte de poder leerles a Águeda y a Curro el salmo responsorial. A todos los allí presentes nos dejó musicalmente atónitos el impresionante coro de El León de Oro. Además, al salir de la iglesia, 20 gaiteros formando un pasillo nos esperaban tocando el himno de Asturias.

La boda la celebraron en el Palacio de la Riega, una casona asturiana que pertenece a la familia de la novia, construída a finales del s.XIX, y desde la cual se puede contemplar el Mar Cantábrico y la ciudad de Gijón. 

La decoración corrió a cargo de El Invernadero. Todo estaba lleno de flores y corazones rojos.

Durante el aperitivo se colocaron varios puestos, uno de comida asturiana, otro de Ibéricos de El Castañar (finca familiar del novio), otro puesto con sidra… las fotos hablan por sí solas.

Como casi todo el mundo venía de fuera y algunos incluso jamás habían estado en Asturias, se trató de que el menú fuera lo más autóctono posible, por eso se sirvió de primero una sopa fría de tomate con bogavante y de segundo pitu de caleya con patatines.

Las mesas y los comensales se encontraban detallados en tarros de cristal rellenos de manzanas. Una vez en el comedor, los meseros tenían forma de corazón y representaban pueblos y lugares de Asturias.

A sabiendas de que Curro odia las sorpresas, Águeda le preparó una buena a su recién estrenado marido. Así, antes de que sirvieran el soufflé de chocolate con nata, llevaron al comedor una tarta enorme hecha por Jessitartas, una plaza de toros donde Curro toreaba y Águeda miraba embelesada desde el burladero.

A continuación llegó el vals. No me pregunteis cómo ni por qué, pero yo me lo perdí. Como ninguno de los dos sabían bailar, eligieron “Bailemos un Vals” de Los Fernandos.

Durante las copas, se sirvió un espectacularmente grande buffet de postres (incluido Candy Bar) elaborados por Pomme Sucre.

Para rematar, y en pleno desmadre, aparecieron en la pista de baile cajones llenos de disfraces, y en un momento la pista de baile se llenó de boas de colores, gafas de broma y otros artículos,  de los cuales la novia no tuvo reparos en utilizar.

¡Fue una boda estupenda, como los novios! Ahora a ser felices, que es lo que toca. Mil besos, Ana.

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