La boda de Macarena y Óscar

Esta boda es especial, es sumamente especial para mí. No te pierdas esta boda cargada de detalles y buenos amigos.

Conozco a Óscar de toda la vida, y toda la vida es mucho tiempo. Macarena llegó a mi vida un poco más tarde, aunque ya no tengo dedos suficientes en las manos para contar desde hace cuantos años nos conocemos.

Por su parte, Macarena y Óscar se conocieron en la universidad y su carrera les llevó a vivir juntos y compartir experiencias en París, Boston y Nueva York. Pasado el último examen, empezaron su vida profesional en Londres donde continuaron siendo grandes amigos, a pesar de que todas las apuestas apuntaban a que acabarían juntos. Sí o sí.

Y cosas de la vida, se dieron cuenta de que había entre ellos algo más cuando Óscar se fue a trabajar a Hong Kong. Y un año y medio más tarde, comenzaron una relación a distancia Londres – Nueva York. De locos.

Tuvieron que pasar 20.000 vuelos (y una petición frustrada en Perú) para que Óscar hiciera su proposición. Volaban juntos a Singapur para comenzar juntos el MBA en INSEAD y él decidió que ése, sin duda, era el mejor momento para empezar con todo el compromiso una nueva etapa juntos.

En cuanto a la boda, nada se escogió al azar. El 19 de julio era una fecha importante en casa de la novia, el cumpleaños de su recién fallecido padre. Pero estuvo allí, vaya que si estuvo allí.

El vestido de la novia era como ella, lleno de personalidad y muy auténtico, con estilo y carácter. Un increíble y original diseño de David Christian realizado exclusivamente ad hoc para ella.

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Macarena quería un vestido con una falda voluminosa, cuerpo muy entallado y una larga cola. La fecha de la boda y la celebración en un jardín, invitaba a que el vestido no llevase mangas y fuera un poco escotado.

El cuerpo era de tul de seda drapeado de forma asimétrica. Se recogía en un hombro con un nudo en el que llevaba un broche de brillantes antiguo. Por detrás, un gran escote en pico dejaba la espalda al aire.

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La falda de tablones estaba confeccionada con una tela italiana del Cotonificio Veneziano fabricada expresamente para el vestido. Era un algodón egipcio estampado de forma artesanal. Tenía un fondo tostado con un dibujo clásico entre plata y cobre, además de algún matiz rosado. Por encima, para velar el dibujo y darle continuidad al cuerpo, la falda llevaba una capa del mismo tul del cuerpo fruncido. la cola, de 4 metros y desmontable, era del mismo tejido que la falda.

En el pelo llevaba un tocado de Carmen María Mayz, una triple enredadera tipo diadema con abalorios de coral y cristal.

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Macarena llevó unos pendientes largos compuestos por tres tiras en cascada de brillantes. Unos pendientes que tenían especial significado para ella, pues había sido un regalo de su padre a su madre. Además, también lució un broche de platino y brillantes que data del s.XIX.

Macarena tuvo la suerte, la enorme suerte, de poder escoger y diseñar su sortija de pedida con la ayuda del joyero Gerardo Blanco-Moreno.

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Como remate a su look nupcial, Macarena se decantó por unos zapatos rojos de su firma fetiche en Singapur.

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Nada más y nada menos que 11 sobrinos de los novios formaron el cortejo. Todos ideales vestidos, a cual más simpático. Es lo que tiene ser los pequeños de la casa, y me refiero a los novios.

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Y por fin, todos les vimos las caras a los novios en la Santa Iglesia Catedral de San Salvador de Jerez de la Frontera, que estaba rebosante de flores. Pai pais de rafia para aplacar el calor y misales como recuerdo de su ceremonia.

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El convite se celebró en las Bodegas de González Byass. Y comenzó la fiesta, la risa, los abrazos, las anécdotas, los selfies… era el principio de una grandísima resaca, emocional y física, a partes iguales.

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El enclave de la cena fue un espectáculo. El jardín estaba iluminado con lámparas de cristal que colgaban de árboles cubiertos de paniculata.

Las mesas estaban todas vestidas con manteles largos verde agua, y se alternaron centros altos con otros de cristal más bajitos.

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En la boda hubo una constante: el mundo y los viajes, por eso los nombres de las mesas eran lugares o símbolos de las cuidades donde los novios habían viajado o vivido. Y para encontrar la mesa, el personal del catering de La Buganvilia nos entregó uno a uno a todos los invitados identificadores de maleta de lo más molones.

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Tras la cena, y frente a un copioso candy bar, el DJ José Hita nos hizo bailar hasta las 7 de la mañana, dejando con ganas de más a un público internacional de lo más heterogéneo.

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Menos mal que el fotógrafo Jesús Aldebarán, alma mater de Aldebarán Estudio, aguantó estoicamente hasta las mil de la madrugada captando con mucho arte todo la esencia y cada detalle de la boda. Felicidad, nervios, emoción, complicidad y por qué no, euforia. Lo pasamos de escándalo.

Para mi look de invitada me acerqué a Mimoki (tienen ropa maravillosa además de tocados) para escoger de la mano de Ana María Chico de Guzmán (su dueña) un traje que estuviera a la altura de las circunstancias. Finalmente, entre las mil opciones que encontré en la tienda, me decanté por un vestido estampado y ligeramente escotado combinado con cinturón negro y brazalete dorado. Y dejé mi melena suelta, que es como me siento más yo.

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No puedo desearles nada a los novios que ya no sepan. Todo mi cariño, al completo. Un fuerte abrazo, Ana.

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