Siempre nos había encantado Acantha Joyas: la marca, su filosofía, todas sus piezas… así que cuando descubrí que una de sus diseñadoras acababa de casarse, ¡no dudé un momento en tratar de conseguir su “¡sí, quiero!” para que sus fotos de novia vieran la luz en La Champanera.

Así, después de una carta romántica a modo de petición de mano y un año de preparativos, llegó el 1 de agosto en un abrir y cerrar de ojos.

Ana conocía desde hacía tiempo el trabajo de Cristina Ron y su marca Santa Pipi, y no lo dudó ni un instante a la hora de confiarle su vestido de novia. Inspirándose en uno de sus diseños más icónicos, crearon juntas su vestido en color blanco, con tirante ancho y un gran volante en la falda. El toque final lo dieron unos botones dorados con forma de cabeza de león, así como el maxi lazo blanco con detalles dorados que Ana lució a modo de velo.

El maquillaje y la peluquería fue obra de Francesca Moreno y los zapatos obra de Mariela Madrid: unos zapatos de tacón ancho de terciopelo rosa empolvado con el tacón de perlas y cuentas doradas, ¡una obra de arte!

Sin duda para Ana, siendo propietaria de una marca de joyas, los complementos eran muy importantes. Ella lució unos bonitos pendientes de su madre y todas sus amigas lucieron pendientes de su marca, Acantha Joyas.

Tanto la decoración floral de la ceremonia y la cena, así como el ramo de novia lo hizo Sonia Alonso quien, además, organizó todo de principio a fin y les devolvió la ilusión y la calma a los novios en muchos de los momentos críticos que han tenido que atravesar muchas bodas de este año. Al tratarse, finalmente, de una boda íntima y sencilla, juntas optaron por un ramo de mini-margaritas blancas, al que añadieron una cinta de terciopelo de Posdatalola.

Ana y Alberto se casaron en Madrid, en la Parroquia de Guadalupe. Hasta allí se trasladó el equipo de Bengalú para plasmar unas imágenes que hablan por sí solas.

Por las circunstancias, limitaron los invitados a sus 15 más allegados, y celebraron la cena en una casa familiar a las afueras de Madrid de la mano de El Laurel Catering. Pero fue igualmente muy especial, emotivo e inolvidable.

Como era una boda pequeñita, pudieron poner todo tipo de detalles. Las minutas y los marcasitios, pintados a mano, con flores diferentes para cada invitado de acuarela, los hicieron en En Tejas Verdes.

El jardín estaba lleno de flores y velas y prepararon dos mesas (la normativa les obligaba a que no hubiera más de 10 personas en una misma mesa) con unos preciosos manteles en color rosa empolvado y unos espectaculares centros de flores que dejaron con la boca abierta a todos los invitados. Además, el equipo de Luces de Cuento les preparó una iluminación con microluces tan, tan bonita que todo parecía un sueño.

El año que viene renovarán votos con todos los amigos y familiares que no pudieron acudir, y bailarán hasta las 5 de la mañana y Ana entregará su ramo de novia. Mientras, estas son las emociones que permanecen, imposibles de transcribir más que de esta forma literal: “Cuando hablaron nuestros padres en la ceremonia, cuando mi hermana me acompañó hasta los pies del altar con música góspel de fondo (cantó para nosotros en la iglesia Bisele Music) y luego di el brazo a mi padre, mi padrino en la ceremonia, para terminar de recorrer el camino juntos. Ver a nuestros padres emocionados y no poder parar de sonreír. El momento en el que salimos, como marido y mujer, por primera vez, por la puerta de la iglesia… cuando nos dieron la sorpresa y nos pusieron un vídeo con nuestros mejores amigos mandándonos un mensaje ¡todo fue, al final, perfecto!”

Y desde aquí la verdad es que yo no puedo más que celebrar que el amor no se detenga y que yo tenga la oportunidad de poder contároslo a través de historias y bodas tan bonitas como esta.

¡Enhorabuena Ana y Alberto!

Un besote enorme, Ana.